La violencia que no sale en ninguna estadística, La política.

Cada 25 de noviembre recordamos que la violencia contra las mujeres no es una elaboración del
imaginario: tiene nombres, historias y consecuencias. República Dominicana lo sabe mejor que
nadie; esta fecha nace del sacrificio de las hermanas Mirabal. Pero mientras para estas fechas
repetimos discursos y lazos naranja o negros, hay una violencia silenciosa, menos visible, una
que rara vez se denuncia.


No hablo solamente de agresiones, insultos virales o campañas de difamación, sino la que se
disfraza de normalidad institucional, es la que ocurre en salones alfombrados, en chats
estratégicos, en comités partidarios o empresariales, en reuniones privadas, detrás de sonrisas
amables, y besos en la frente de jóvenes mujeres sobresalientes, un gesto de viejos políticos que
busca desmeritar, para tranquilizar, para opacar, esa violencia que se manifiesta cuando a las
mujeres se les invita a la mesa, sí… pero no para decidir, sino para tomar notas, para publicar en
redes y “darle gracia” a la foto, al centro y al frente, con gran sonrisa. Para estar, pero no estorbar.
Es la sutileza la que las hiere.


En un país donde las mujeres representan más del 50% del electorado, siguen siendo minoría en
espacios de poder real, dicen que ´´falta capacidad´´, a veces si, a veces no, tal cual humano en
desarrollo, una excusa caducada hace décadas, sino porque el sistema político aún se siente
incómodo cuando una mujer habla “demasiado fuerte”, opina sin pedir permiso o reclama
protagonismo estratégico. Alejandra Ocasio-Cortez lo expresó con claridad: “Las mujeres saben
que el problema nunca fue nuestra falta de preparación, sino la incapacidad de aceptarlas´´, la
política dominicana, la violencia no siempre grita. A veces sonríe.


Se expresa cuando se les dice que “no es tu momento”, que “se tienen compromisos previos”,
que “deberían esperar el 2032”, que “es más útil fortaleciendo la base”, que “ya eso está
consensuado”. Se expresa cuando su nombre no llega a la boleta, cuando el espacio se hace
insoportable, llamándoles locas, intensas, complicadas, cuando la verdad es que a veces no
tenemos como responder a su preparación y nos escondemos como buenos políticos en
artimañas que usamos a nuestro favor.


Una famosa escritora dice: ´´se les empuja a sentarse en la mesa… pero en la orilla de la mesa´´.
Y yo que he estado ahí, si logran avanzar unos centímetros, el costo emocional es altísimo:
cuestionamientos, burlas, sospechas, vigilancia sobre la vida privada, la ropa, el tono, sus
amistades, la maternidad o la falta de ella. Ningún hombre político que conozco carga ese
inventario.


Lo más frustrante es que esta violencia no pertenece a un solo partido ni a una ideología
específica. Es transversal. Está en las cúpulas, en los municipios, en los grupos juveniles, está en
los que se autoproclaman progresistas y en los que se definen conservadores. Porque no es un
problema político: es cultural.


Por eso este artículo no es una denuncia, sino un llamado. A mujeres y hombres. A quienes ya
ocupan puestos y a quienes aspiran. A quienes acompañan procesos comunitarios,
institucionales o partidarios. Porque la participación femenina no se mide por cuántas mujeres
aparecen en una foto, sino por cuántas pueden hablar sin miedo a represalias. Sin comentarios
posteriores con el amiguito por Whastapp durante la reunión, (que de esos tendría muchos para
publicar), por cuántas pueden disentir. Por cuántas pueden liderar.


La violencia política no siempre busca expulsarlas, sino tal cual peregrino andante muchas veces
busca solo domesticarlas. Y ahí está el peligro. Porque un país que no escucha a sus mujeres
renuncia a la mitad de su inteligencia, de su innovación, de su sentido de justicia, de su capacidad
transformadora.


Para ustedes, mujeres políticas dominicanas, que sabemos que están cansadas, de la farsa, el
atropello y sobre todo el cuestionamiento de sus habilidades, el 25 de noviembre no debe ser
un acto simbólico ni un minuto de silencio, sino una incomodidad consciente. Hoy, más que exigir
sillas, exige voz. Exige respeto. Exige poder, porque es suyo. Y si la mesa sigue siendo pequeña,
que se levante otro, pero ustedes NO.