Ayer, mientras compraba un simple plato de comida en un famoso restaurante de mi Bonao, no pude dejar de percatarme como un señor, le exigía a la dependienta que hiciera varias cosas a la vez, cuando respondí que debía espera a que ella terminara para avanzar, me expreso con una indudable seguridad que ellas, estaban acostumbradas a hacer muchas cosas a la vez. Hay una línea muy delgada, y peligrosamente invisible, entre ser útil y ser utilizado. Vivimos en una cultura que glorifica la utilidad. Desde pequeños nos enseñan que debemos servir, aportar, resolver, estar disponibles. En la política, en las empresas, en organizaciones sociales y hasta en la familia, quien es útil es necesario. Y quien es necesario, en teoría, es valioso.
Pero ahí empieza el problema.
Porque no todo el que es útil es respetado. Y no todo el que sirve es reconocido. A veces, quien más resuelve es quien menos poder acumula, no podemos negar que si por esfuerzo y trabajo fuera, no hay gente más fajadora que la clase baja y media, si fuera una verdad rotunda y por su esfuerzo constante, ya seriamos ricos.
Ser útil es una decisión consciente.
Ser utilizado es una consecuencia cuando dejamos de poner límites.
Kant planteaba que el ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo, personas, antes que procesos, nunca como un medio. Sin embargo, cuando analizamos la peligrosa y fascinante dinámica del poder contradice esa idea todos los días. En estructuras jerárquicas, en espacios políticos y hasta en entornos comunitarios, muchas veces el más trabajador se convierte en el más explotado. El más leal, en el más prescindible.
El problema NO ES SERVIR. El problema es no distinguir cuándo el servicio se convierte en extracción por lo que para esta autora existe una diferencia ética entre colaboración y conveniencia, mientras que la colaboración genera crecimiento mutuo, la conveniencia genera desgaste unilateral.
En liderazgo, y lo digo con responsabilidad, hay una tentación SILENCIOSA: rodearse de personas útiles sin preocuparse por su desarrollo. Mientras resuelvan, están. Cuando dejan de resolver, pues la vena natural es que sobraran. Esa lógica convierte la utilidad en un recurso desechable.
Y aquí viene lo controversial: En muchas ocasiones, el sistema no nos utiliza… nosotros nos ofrecemos para ser utilizados.
A veces por necesidad de validación.
Casi siempre por miedo a quedar fuera.
Por momentos de ambición mal canalizada.
y en el error de que sacrificio siempre será recompensado.
No lo es. Ser útil con dignidad implica tres cosas: Saber qué aportas. Saber cuánto vale tu aporte. Saber cuándo retirarlo.
En el ámbito político y social, esta distinción es aún más relevante. Las estructuras aman a los imprescindibles, pero quien no entiende las reglas del poder termina siendo una pieza más del tablero. Y, sin embargo, el mundo necesita personas útiles. Necesita gente que construya, que piense, que actúe. Lo que NO necesita es personas que se anulen en nombre del servicio.
La verdadera madurez está en entender que el valor no está solo en cuánto haces, sino en cuánto decides hacer.
Porque al final, hay dos reglas claras:
Ser útil es una virtud.
Ser utilizado es una advertencia.
La pregunta no es si sirves.
La pregunta es: ¿quién se beneficia realmente de tu utilidad?
